Cuerpos en circulación:
Economía libidinal, capital corporal y asimetría
generacional
en el neoliberalismo tardío
Ensayo académico
Mayo de 2026
Contenidos:
I.Introducción: el encuentro como punto de partida analítico
II.Fundamentos teóricos: cuerpo, mercado y deseo
III.Prostitución y economía libidinal: una distinción necesaria
3.1 La prostitución en la teoría clásica
IV.Juventud y vejez como categorías de valor en el neoliberalismo
4.1 El valor de la juventud: capital corporal y capital de futuro
4.2 El valor de la madurez: capital acumulado y economía del umbral
4.3 La conexión necesaria: por qué las asimetrías generan circulación
V.Las formas de la presencia: encuentro, performance y silencio
5.1 La presencia fantasmática como categoría analítica
VI.La territorialidad del encuentro: Salta como contexto específico
6.1 Neoliberalismo periférico y economías locales del deseo
6.2 El viaje como figuración: desplazamiento, acceso y circulación
VII.Conclusión: el valor del encuentro y el lugar de la resistencia
Evolucióndel concepto “economía libidinal”
1.Diferencias entre Prostitución y "Economía Libidinal"
2.Acuñación y Evolución del término en Sociología y Antropología
I.
Introducción: el encuentro como punto de partida analítico
El presente ensayo toma como punto de partida empírico
la descripción de un tipo de encuentro que se repite con frecuencia creciente
en los espacios de sociabilidad gay contemporáneos del noroeste argentino: un
hombre de mediana edad —profesional, con capital cultural y económico
acumulado— recibe en su domicilio a un hombre joven, de alrededor de
veinticinco años, contactado a través de una aplicación de citas. El joven
trabaja en el sector público municipal, practica deporte de manera sistemática,
dispone de escasos recursos económicos propios y posee, en cambio, un capital
corporal que utiliza de manera consciente para acceder a mundos, servicios y
experiencias que de otro modo le resultarían inaccesibles. El traslado se
produce en modalidad moto-Uber. El encuentro incluye dimensiones eróticas, pero
se extiende a formas de hospitalidad, intercambio material simbólico y acceso a
redes sociales ampliadas. No hay dinero en juego de manera directa. No hay
contrato explícito. Hay, sin embargo, una economía.
Esta situación, en apariencia singular o anecdótica,
constituye en realidad una manifestación local de procesos estructurales de
alcance global. Como ha señalado David Harvey (2005), el neoliberalismo no es
solo una política económica sino una racionalidad que reorganiza la totalidad
de la vida social —incluyendo la afectiva, la erótica y la relacional— bajo la
lógica del mercado. La pregunta que orienta este ensayo es: ¿qué forma toma esa
reorganización cuando el objeto de mercado es el cuerpo mismo, y cuando la
transacción involucra el deseo en lugar del dinero?
Para responder esta pregunta, el ensayo recorre tres
núcleos conceptuales articulados. En primer lugar, examina la distinción entre
prostitución —tal como ha sido teorizada por la tradición crítica clásica— y
las nuevas formas de economía libidinal que emergen en el capitalismo tardío;
distinción que resulta conceptualmente necesaria para evitar reducciones que
obturan la comprensión de fenómenos cualitativamente distintos. En segundo
lugar, analiza el valor diferencial asignado por el mercado neoliberal a la
juventud y a la madurez como categorías encarnadas, productoras de formas
específicas de capital y de vulnerabilidad. En tercer lugar, argumenta que
entre esas dos condiciones existe no solo una brecha sino también una conexión
estructural: una economía de circulación donde lo que unos poseen y otros
carecen genera intercambios que el mercado formal no registra pero que el
mercado libidinal organiza con precisión.
La perspectiva adoptada es interdisciplinaria. Se
moviliza la sociología de Norbert Elias (1987, 1994) en torno a las
interdependencias y las figuraciones sociales; la economía política de la
sexualidad desarrollada por Gayle Rubin (1989); los desarrollos de Pierre
Bourdieu (2000) sobre el capital corporal y la dominación simbólica; las
contribuciones de Lynne Segal (1994) y Jeffrey Weeks (1998, 2003) sobre
masculinidad, envejecimiento y erotismo; los aportes de Maurizio Lazzarato
(2006) sobre el trabajo inmaterial y la producción de subjetividades; y la
crítica cultural de Lauren Berlant (2011) sobre el optimismo cruel y la
precariedad afectiva. La inscripción territorial es el noroeste argentino, pero
los argumentos buscan proyección hacia la condición neoliberal como horizonte
global.
II.
Fundamentos teóricos: cuerpo, mercado y deseo
2.1 El cuerpo como capital: más allá de la metáfora
Pierre Bourdieu introdujo el concepto de capital
corporal para referirse al conjunto de atributos físicos —apariencia, porte,
salud, habilidades motoras— que los agentes sociales pueden movilizar en los
distintos campos de la vida social (Bourdieu, 1986). Lo que interesa para el
análisis que aquí se propone es la extensión de esa categoría al campo de los
intercambios eróticos y afectivos. El cuerpo joven, en particular el cuerpo
masculino joven inscripto en una cultura de entrenamiento físico sistemático, acumula
un tipo de capital cuya convertibilidad en otros bienes —sociales, simbólicos,
materiales— está históricamente mediada pero que el neoliberalismo ha
intensificado y formalizado de maneras inéditas.
Chris Shilling (2003), desarrollando la perspectiva
bourdieusiana, argumenta que en las sociedades contemporáneas el cuerpo se ha
convertido en un proyecto: un objeto de trabajo, inversión y mejora permanente
orientado a producir valor en mercados tanto formales como informales. El
individuo neoliberal es, en buena medida, un individuo que trabaja sobre su
cuerpo como condición de posibilidad de sus intercambios sociales. Esta lógica
alcanza al mercado erótico con particular intensidad: la aplicación de citas no
solo media encuentros sino que los clasifica, jerarquiza y evalúa mediante una
lógica de perfil —fotografía, descripción, edad, peso, altura— que reproduce la
estructura del mercado laboral en el dominio del deseo.
Mike Featherstone (1991) denominó cultura del consumo
al régimen cultural que articula imagen corporal, valor de mercado y
construcción identitaria. En esa cultura, el cuerpo no es solo un instrumento
sino también un signo: significa estatus, pertenencia, mérito. El cuerpo
entrenado del joven que usa sus recursos eróticos para moverse en mundos
sociales de difícil acceso no realiza una transacción puramente económica;
realiza también una operación de distinción y de construcción de sí mismo como
sujeto capaz de circular en circuitos sociales heterogéneos. Esa dimensión
simbólica es constitutiva y no puede reducirse a la lógica del intercambio
mercantil puro.
2.2 La racionalidad neoliberal como organizadora
del deseo
Wendy Brown (2015) ha argumentado que la racionalidad
neoliberal opera mediante la extensión del modelo empresarial a todos los
dominios de la existencia, incluyendo aquellos que históricamente se
constituían como esferas separadas del mercado: la familia, la amistad, el
amor, el cuidado. El sujeto neoliberal es un homo economicus que calcula costos
y beneficios en cada dimensión de su vida, incluyendo la erótica. Esta no es
una descripción psicológica de intenciones individuales sino una descripción estructural
de los marcos de inteligibilidad dentro de los cuales las personas toman
decisiones y les asignan sentido.
Foucault (1976, 1994) ya había trazado las condiciones
de posibilidad de este análisis al mostrar que la sexualidad es históricamente
producida: no hay un erotismo natural que el mercado distorsiona, sino formas
históricamente específicas de organizar, clasificar y valorizar los deseos y
los cuerpos. El mercado neoliberal no corrompe una sexualidad pura; produce
nuevas formas de sexualidad que son inteligibles dentro de su propia lógica.
Las aplicaciones de citas no son una degeneración del amor romántico; son un
nuevo dispositivo de producción y circulación del deseo que tiene su propia
racionalidad, sus propios placeres y sus propias formas de sufrimiento.
Maurizio Lazzarato (2006) ofrece herramientas
adicionales al introducir el concepto de trabajo inmaterial para referirse a
las formas de producción contemporánea que involucran afecto, comunicación,
relación y subjetividad. El trabajador inmaterial produce no solo bienes sino
relaciones, atenciones, presencias. El sujeto que ofrece su cuerpo, su compañía
y su deseo en intercambios eróticos asimétricos realiza una forma de trabajo
inmaterial que el mercado no reconoce como tal —no hay salario, no hay contrato—
pero que tiene efectos reales sobre las trayectorias vitales de quienes lo
realizan.
III.
Prostitución y economía libidinal: una distinción necesaria
3.1 La prostitución en la teoría clásica
La prostitución ha sido uno de los temas más debatidos
en la teoría social y feminista desde el siglo XIX. En la tradición marxista
clásica, fue analizada por Friedrich Engels (1884) como expresión paradigmática
de la cosificación capitalista: la reducción del cuerpo humano —y en particular
del cuerpo femenino— a mercancía, a valor de cambio. En esa lectura, la
prostitución es la versión más transparente, más explícita, de la lógica que el
capitalismo aplica a todos los cuerpos que se ven obligados a venderse para
sobrevivir. Emma Goldman (1910), desde el anarquismo, extendió el argumento: el
matrimonio burgués y la prostitución serían variantes del mismo fenómeno, el
intercambio del cuerpo femenino por seguridad económica, con la diferencia de
que la prostituta al menos recibe un pago directo.
En el siglo XX, la teoría feminista radical
—representada por figuras como Kathleen Barry (1979), Andrea Dworkin (1981) y
Catharine MacKinnon (1989)— consolidó una lectura de la prostitución como
violencia estructural: un sistema de explotación patriarcal donde la demanda
masculina instrumentaliza el cuerpo femenino y donde el consentimiento, cuando
existe, es el resultado de condiciones socioeconómicas que lo vician. En esta
perspectiva, no hay prostitución voluntaria en sentido pleno: hay mujeres que,
bajo condiciones de desigualdad estructural, no tienen opciones mejores.
Una perspectiva crítica de esa posición fue elaborada
por el feminismo de las trabajadoras sexuales, con figuras como Carol Leigh
(1978), que acuñó el término sex work, y organizaciones como COYOTE en los
Estados Unidos o Red Umbrellas en Europa. Desde esta perspectiva, la
prostitución puede ser una actividad laboral elegida —en condiciones más o
menos favorables— y su criminalización o estigmatización daña más que protege a
quienes la ejercen. Gayle Rubin (1989) ofreció el marco teórico más influyente de
esta posición al argumentar que la jerarquía erótica de las sociedades
occidentales condena ciertas prácticas sexuales —incluyendo el sexo comercial—
no por razones de daño sino por razones de moral normativa disfrazada de
protección.
Lo que estas perspectivas —aun en su mutua
contradicción— tienen en común es que definen la prostitución por la presencia
de dinero como medio de intercambio directo, por la oferta explícita de
servicios sexuales y por la asimetría de poder entre quien compra y quien
vende. Son esos tres elementos los que permiten distinguirla conceptualmente de
otras formas de intercambio erótico que también involucran asimetría pero que
no funcionan bajo la lógica del contrato mercantil explícito.
3.2 Hacia el concepto de economía libidinal
El término economía libidinal aparece en la filosofía
de Jean-François Lyotard (1974), quien lo usó para referirse a la organización
social del deseo como sistema de producción, distribución y consumo de
intensidades afectivas. Lyotard buscaba mostrar que el capitalismo no solo
organiza la producción de mercancías sino también la producción de deseos: qué
se desea, cómo se desea, en qué formatos y con qué costos. Si el capitalismo
es, entre otras cosas, una economía libidinal, entonces la política de la emancipación
debe incluir una política del deseo.
Más recientemente, el concepto ha sido retomado por
autores como Arlie Hochschild (2003), cuyo trabajo sobre el trabajo emocional
mostró que en la economía de servicios contemporánea las emociones mismas son
producidas, gestionadas y comercializadas; por Lynne Segal (1994), que analizó
las economías del placer masculino en relación con la masculinidad y el poder;
y por Dennis Altman (2001), que examinó las economías eróticas que estructuran
la sexualidad gay global.
Para los propósitos de este ensayo, se propone
entender por economía libidinal el conjunto de intercambios —de bienes,
servicios, accesos, afectos, presencias, cuerpos— que circulan organizados por
la lógica del deseo y que no adoptan la forma del contrato mercantil explícito
pero que tampoco son ajenos a la lógica del valor, la escasez y la distribución
desigual. La economía libidinal neoliberal es el campo donde el deseo opera
como trabajo no remunerado, donde el cuerpo funciona como capital y donde la asimetría
entre quienes tienen capital económico y quienes tienen capital corporal genera
circuitos de intercambio que el mercado formal no registra pero que producen
efectos reales y medibles sobre las trayectorias vitales de los participantes.
3.3 La diferencia específica: por qué no es
prostitución
La distinción entre prostitución y economía libidinal
no es valorativa —no implica que una sea moralmente superior a la otra— sino
analítica: refiere a diferencias en la estructura del intercambio que tienen
consecuencias para su comprensión. En la prostitución clásicamente definida, el
intercambio es explícito, puntual y monetizado: hay un servicio definido, hay
un precio acordado, hay una transacción que agota el vínculo. En la economía
libidinal, el intercambio es difuso, iterativo y no monetizado: no hay precio,
no hay servicio definido, no hay transacción que agote el vínculo. Lo que
circula son accesos —a redes sociales, a espacios, a recursos culturales, a
experiencias— y presencias —cuerpos, afectos, compañías— cuyo valor no es
calculable en términos monetarios directos pero cuya utilidad es real para
ambas partes.
Norbert Elias (1987, 1994) ofrece aquí una perspectiva
especialmente fértil. Su concepto de figuración refiere a la configuración
dinámica de interdependencias que constituye cualquier formación social. Las
relaciones de las que hablamos no son diádicas en el sentido simple —un actor
que da y otro que recibe— sino figuraciones donde ambas partes están mutuamente
constituidas por la relación y donde los recursos que cada uno aporta son
heterogéneos e inconmensurables entre sí. El hombre maduro con capital cultural
y económico no compra; el hombre joven con capital corporal no vende. Ambos
aportan algo que el otro no tiene y ambos obtienen algo que de otro modo les
sería difícilmente accesible. Esa estructura de interdependencia asimétrica es
constitutiva de la relación pero no la agota en la lógica del contrato.
Una distinción adicional, de orden fenomenológico, es
la temporalidad. La prostitución, tal como ha sido conceptualizada por la
teoría clásica, es una relación orientada al presente: el intercambio se
completa en la transacción. La economía libidinal, en cambio, opera en una
temporalidad iterativa y abierta: el encuentro no agota la relación, la
relación no agota los posibles encuentros, y los intercambios se acumulan en el
tiempo produciendo formas de vínculo —débiles, intermitentes, pero reales— que
no son reductibles a la transacción puntual. Es esa acumulación iterativa la
que produce lo que aquí se llama presencia fantasmática: la figura del otro que
reaparece y se desvanece siguiendo lógicas propias, que habita el campo
libidinal de manera discontinua pero persistente.
IV. Juventud
y vejez como categorías de valor en el neoliberalismo
4.1 El valor de la juventud: capital corporal y
capital de futuro
El neoliberalismo ha producido una reorganización
radical de los valores asociados a las distintas etapas de la vida. Como ha
argumentado Zygmunt Bauman (2000), la modernidad líquida caracteriza el tiempo
presente por la velocidad del cambio, la obsolescencia de lo acumulado y la
valorización del presente sobre el pasado. En ese contexto, la juventud
—entendida no solo como condición biológica sino como valor cultural y
económico— ocupa un lugar privilegiado que trasciende ampliamente el campo de
la sexualidad.
El cuerpo joven posee lo que Shilling (2003) llama
capital corporal en su forma más líquida: convertible, disponible, no
depreciado. En el campo del trabajo, esto se traduce en la preferencia
estructural por trabajadores jóvenes, más adaptables a las condiciones
cambiantes del mercado laboral flexible. En el campo del consumo, se traduce en
la identificación de la juventud como el segmento más deseable para las
industrias culturales y publicitarias. En el campo erótico, se traduce en la
jerarquización del cuerpo joven como objeto privilegiado del deseo —jerarquía
que atraviesa géneros y orientaciones sexuales pero que adopta formas
específicas en los distintos subcampos de la sexualidad.
Para el hombre joven de clase trabajadora o media
baja, el capital corporal es con frecuencia el recurso de acceso más
inmediatamente disponible para circular en campos sociales a los que otros
capitales —económico, cultural, social heredado— no le permiten acceder. La
investigación de Jeffrey Weeks (2003) sobre masculinidades y sexualidad en
contextos de desigualdad muestra cómo los hombres jóvenes aprenden a usar
estratégicamente su presencia física, su atractivo y su sexualidad como formas
de movilidad social y simbólica. Eso no es, en ningún sentido directo,
prostitución; es la utilización de un capital disponible en un campo donde ese
capital tiene valor.
Existe, sin embargo, una paradoja constitutiva del
capital corporal juvenil: su depreciación inevitable. A diferencia del capital
económico o del capital cultural, el capital corporal —especialmente en su
forma erótica— tiene una curva de depreciación acelerada que el mercado
neoliberal hace más visible y más cruel. La industria del fitness, los
dispositivos cosméticos y médicos de rejuvenecimiento, las cirugías estéticas
son todos síntomas de esa presión: intentos de retardar una depreciación que el
mercado vuelve socialmente catastrófica. Como ha señalado Susan Sontag (1972)
en su análisis del doble estándar del envejecimiento, la sociedad contemporánea
castiga el envejecimiento de manera diferencial según el género, pero la
cultura neoliberal ha extendido esa sanción a un espectro más amplio de
sujetos.
4.2 El valor de la madurez: capital acumulado y
economía del umbral
Si la juventud es valorizada por su capital corporal y
su capital de futuro —la promesa de lo que vendrá—, la madurez es valorizada,
cuando lo es, por su capital acumulado: económico, cultural, social,
experiencial. En el campo laboral, esto se traduce en la expertise, la red de
contactos, el historial de realizaciones. En el campo erótico, se traduce en
capacidades que no son inmediatamente visibles pero que tienen valor de uso
real: la capacidad de crear contextos, de proporcionar experiencias, de ofrecer
hospitalidad, de circular en mundos que el joven desea explorar pero a los que
no tiene acceso propio.
Esta asimetría —el joven tiene capital corporal, el
maduro tiene capital acumulado— no produce una relación de equivalencia sino
una relación de complementariedad asimétrica que es precisamente el motor de la
economía libidinal. Lo que el maduro ofrece no puede ser simplemente comprado
por el joven en el mercado formal, y lo que el joven ofrece no puede ser
simplemente producido por el maduro a través del trabajo. Hay una incompletitud
estructural en ambas posiciones que genera el deseo como tracción: el deseo de
lo que uno no tiene y el otro sí.
El análisis de Dennis Altman (2001) sobre la
globalización de la sexualidad gay ofrece una perspectiva comparativa valiosa.
Altman observa que en numerosos contextos no occidentales existen formas
establecidas de intercambio erótico-afectivo entre hombres de distintas
generaciones y posiciones sociales que no adoptan la forma de la prostitución
pero que tampoco son ajenas a la economía. Lo que él llama el sistema de los
clientes —en el Sudeste Asiático, en América Latina, en partes de África—
involucra relaciones donde la diferencia generacional, económica y de capital
social estructura intercambios que son mutuamente beneficiosos aunque
asimétricamente distribuidos.
En el contexto argentino contemporáneo, con su
particular combinación de crisis económica estructural, expansión de las
aplicaciones de citas y debilitamiento de las instituciones comunitarias gay,
este tipo de intercambio adopta formas específicas que vale la pena analizar en
su singularidad. La aplicación de citas no solo conecta sino que opera como
mercado: produce visibilidad, asigna valor, facilita el encuentro entre ofertas
y demandas que de otro modo permanecerían invisibles entre sí. La plataforma es,
en ese sentido, la infraestructura técnica de la economía libidinal.
4.3 La conexión necesaria: por qué las asimetrías
generan circulación
Uno de los argumentos centrales de este ensayo es que
la brecha entre juventud y madurez, lejos de ser un obstáculo para el
intercambio, es su condición de posibilidad. No hay economía libidinal entre
iguales —o al menos, no de este tipo— porque el intercambio requiere la
diferencia: la diferencia de capitales, de recursos, de posiciones en el campo
social. Es esa diferencia la que produce la tracción del deseo y la que hace
posible el intercambio.
Norbert Elias (1994) describe las figuraciones
sociales como configuraciones de interdependencias donde los distintos nodos de
la red dependen unos de otros de maneras que no son simétricas ni equivalentes
pero que son mutuamente constitutivas. Aplicado a la economía libidinal, esto
significa que el joven y el maduro no son simplemente dos individuos que se
encuentran: son posiciones en una figuración donde cada uno necesita algo que
el otro tiene y donde esa necesidad produce la relación y la relación produce a
los sujetos en sus posiciones.
Lauren Berlant (2011) ofrece aquí un complemento
crítico necesario. Su concepto de optimismo cruel refiere a la forma en que los
sujetos se adhieren a objetos de deseo que en realidad bloquean su
florecimiento. La economía libidinal puede producir formas de optimismo cruel
en ambos participantes: el joven que cree estar acumulando capital social
cuando en realidad está invirtiendo un capital corporal que se deprecia; el
maduro que cree estar ofreciendo experiencia y apertura de mundos cuando en
realidad está utilizando su posición de poder para diferir el reconocimiento de
su propia finitud. No hay villanos en esta estructura, pero tampoco hay
inocentes: hay sujetos atrapados en una figuración que los excede y que el
mercado organiza a espaldas de sus intenciones.
V. Las
formas de la presencia: encuentro, performance y silencio
5.1 La presencia fantasmática como categoría
analítica
El encuentro descrito en la situación empírica de
partida se caracteriza por una asimetría en la temporalidad de la presencia:
uno de los participantes llega con contundencia física y se retira sin rastro,
sin señal de continuidad, sin producción de vínculo durable. Esta forma de
presencia —intensa en el momento, evanescente en la posteridad— es lo que aquí
se propone llamar presencia fantasmática. No es una patología individual ni un
déficit de habilidades relacionales; es una forma de ser-en-la-relación que el
mercado neoliberal ha producido y que las aplicaciones de citas han
institucionalizado.
Zygmunt Bauman (2003) describió las relaciones
líquidas de la modernidad tardía como conexiones que los individuos mantienen
constantemente a punto de ser disueltas: relaciones de bolsillo, disponibles
para ser usadas y guardadas según convenga. El dispositivo técnico de la
aplicación hace eso literalmente posible: el perfil se abre, se cierra, se
bloquea, se desbloquea con la facilidad de una notificación. La presencia y la
ausencia son simétricamente fáciles, lo cual tiene consecuencias sobre la estructura
afectiva de los vínculos que produce.
Anthony Giddens (1992) había anticipado parte de este
análisis con su concepto de relación pura: la relación moderna que se sostiene
solo mientras proporciona satisfacción a ambas partes y que puede ser disuelto
cuando deja de hacerlo. La relación pura libera de las obligaciones
tradicionales pero también despoja de las seguridades que esas obligaciones
proporcionaban. En el campo erótico neoliberal, la relación pura adopta su
forma más extrema: la conexión que dura exactamente lo que dura la presencia física
y que no produce compromisos sobre lo que vendrá después.
Lo que resulta analíticamente interesante no es el
sufrimiento que esta estructura puede producir —ese es real pero no es el único
efecto posible— sino la manera en que transforma la subjetividad de los
participantes. El sujeto que repite estos encuentros no solo experimenta un
tipo de relación; aprende a desear de cierta manera, aprende qué esperar y qué
no esperar, aprende a regular su propio afecto en función de la estructura
disponible. Como señala Hochschild (2003) respecto del trabajo emocional, la gestión
repetida de ciertos estados afectivos transforma eventualmente la estructura
emocional del sujeto: no solo se adapta a las condiciones sino que llega a
desear lo que las condiciones ofrecen.
5.2 El silencio como lenguaje de mercado
En la situación empírica descrita, la ausencia de
comunicación posterior al encuentro —la no producción de texto, de señal, de
reconocimiento— es descrita como silencio, y ese silencio es experimentado como
dolor. Vale la pena examinar ese silencio no como ausencia sino como presencia
de algo: como el lenguaje específico que el mercado libidinal ha producido para
comunicar el fin de la transacción.
En el mercado de trabajo formal, cuando un empleador
decide no renovar un contrato, comunica esa decisión mediante procedimientos
institucionalizados —carta, notificación, finiquito— que, aunque puedan ser
dolorosos, reconocen la existencia de la relación y la dignidad de quien la ha
sostenido. En el mercado libidinal neoliberal, no hay procedimiento
institucionalizado de cierre: la relación termina por evaporación, por
desaparición del perfil, por no-respuesta. El silencio no es una falla de
comunicación; es la comunicación misma. Y lo que comunica es que la transacción
ha concluido y que no hay deuda de reconocimiento.
Judith Butler (2004) analizó el concepto de
precariedad como la condición de los sujetos cuya vida no es reconocida como
plenamente grievable —como digna de duelo— por los marcos culturales
dominantes. El sujeto que experimenta el silencio posterior al encuentro se
encuentra en una posición análoga: no espera reconocimiento porque el marco
cultural del encuentro no lo prevé. Ha aprendido a no pedir lo que el mercado
no ofrece. Esa adaptación es funcional para la supervivencia afectiva en el
corto plazo pero tiene costos estructurales sobre la capacidad de sostener
vínculos de mayor complejidad.
5.3 La libido mediada: cuando el deseo aprende del
mercado
Uno de los argumentos más incómodos que emerge del
análisis es que la economía libidinal no solo organiza los intercambios entre
sujetos preexistentes: produce los sujetos mismos en sus formas de desear. El
sujeto que ha interactuado repetidamente con el mercado libidinal neoliberal —a
través de aplicaciones, de encuentros transaccionales, de presencias
fantasmáticas— ha aprendido a desear de cierta manera. Ha interiorizado la
velocidad, la disponibilidad, la discontinuidad como condiciones normales del
deseo. Ha adaptado su libido a la estructura del mercado.
Esto es lo que Foucault (1994) llamaría la producción
de subjetividades a través del dispositivo: no hay una sexualidad natural que
el mercado distorsiona, sino formas históricamente específicas de deseo que el
dispositivo —en este caso, la aplicación de citas en el contexto neoliberal—
produce. El deseo que encuentra en el encuentro instantáneo su forma
satisfactoria no es un deseo degradado respecto de una versión más auténtica;
es un deseo históricamente producido que tiene su propia racionalidad.
Pero esa producción tiene límites. Hay algo en los
sujetos que el mercado no logra completamente formatear: la capacidad de
reconocer la diferencia entre lo que el mercado ofrece y lo que el deseo, en
algún nivel, todavía busca. La persistencia del dolor ante el silencio, la
capacidad de reconocer que hay una cocina de la intimidad a la que no se accede
—incluso cuando se ha aprendido a no pedirla— señala un resto que el mercado no
consigue capturar completamente. Ese resto es, en términos de la crítica cultural,
el lugar donde la resistencia se vuelve posible.
VI. La
territorialidad del encuentro: Salta como contexto específico
6.1 Neoliberalismo periférico y economías locales
del deseo
El análisis desarrollado hasta aquí ha buscado
articular argumentos de alcance general con una situación empírica
específicamente localizada en el noroeste argentino. Esa localización no es
accidental: los procesos globales del neoliberalismo adoptan formas
particulares según las condiciones históricas, económicas y culturales de cada
territorio. La provincia de Salta, con su estructura social marcada por
profundas desigualdades de clase, por la persistencia de jerarquías étnicas y
de género heredadas del orden colonial, por una economía que combina sectores
primarios con un sector público de empleo significativo y con una economía
informal de gran peso, constituye un contexto específico donde las economías
libidinales adoptan formas que merecen análisis situado.
El empleo publico provincial y municipal —uno de los
pocos sectores que ofrece estabilidad relativa a sectores populares con
calificación media— es, en el contexto salteño, una posición social que combina
cierta seguridad con limitaciones severas de movilidad económica ascendente. El
joven que trabaja en la municipalidad, practica deporte sistemáticamente y usa
las aplicaciones de citas para acceder a redes sociales más amplias está
navegando esas limitaciones con los recursos disponibles. Su estrategia no es
excepcional: es una respuesta racional a una estructura de oportunidades
específica.
Jaime Llambí (2015) y otros investigadores de las
sociologías del norte argentino han documentado cómo las ciudades intermedias
como Salta combinan características metropolitanas —expansión de economías de
servicios, penetración de tecnologías digitales, diversificación cultural— con
estructuras de desigualdad propias de economías periféricas: concentración del
capital, informalidad laboral, persistencia de redes clientelares. Las
economías libidinales que emergen en ese contexto son producto de esa combinación:
adoptan las formas técnicas globales —la aplicación, el perfil, el match— pero
se insertan en relaciones sociales locales cuya lógica es específica.
6.2 El viaje como figuración: desplazamiento,
acceso y circulación
El detalle aparentemente menor del desplazamiento en
moto-Uber merece análisis. La economía de plataformas que ha transformado el
transporte urbano en Argentina —con particular intensidad en ciudades como
Salta, donde la oferta de transporte público es deficitaria— ha producido una
infraestructura de movilidad que es también una infraestructura de acceso
social. El joven que viaja en moto-Uber no solo se transporta: accede a un
servicio que le permite circular en espacios y momentos que de otro modo serían
inaccesibles por razones económicas o logísticas.
En el análisis de David Wachsmuth y Alexander Weisler
(2018) sobre las plataformas de economía colaborativa y la producción de
espacio urbano, hay un argumento aplicable aquí: las plataformas no son
neutrales respecto de las estructuras sociales preexistentes sino que las
amplifican y transforman, produciendo nuevas formas de acceso y nuevas formas
de exclusión. La moto-Uber que lleva al joven a la casa del maduro es un nodo
en una red de infraestructuras —técnicas, económicas, eróticas— que articulan la
economía libidinal local.
El trayecto mismo —de la periferia al centro, de la
restricción a la amplitud— puede leerse como una figuración condensada del
movimiento social que la economía libidinal promete y en parte produce. No es
un movimiento ascendente en el sentido tradicional —no hay riqueza que se
transfiere, no hay título que se adquiere— pero hay circulación, hay acceso,
hay experiencia de mundos que de otro modo permanecerían cerrados. Esa
experiencia tiene valor y produce efectos sobre la subjetividad del joven que
la transita.
VII.
Conclusión: el valor del encuentro y el lugar de la resistencia
El análisis desarrollado a lo largo de este ensayo ha
buscado mostrar que los encuentros eróticos que involucran asimetría
generacional y económica en el contexto neoliberal tardío no son reductibles a
la categoría de prostitución tal como la ha definido la teoría clásica, ni son
fenómenos sociológicamente transparentes o éticamente neutros. Son, en cambio,
expresiones locales de procesos estructurales globales: la organización del
deseo bajo la lógica del mercado, la producción de subjetividades adaptadas a
la velocidad y la discontinuidad, la distribución desigual de capitales que
genera circulación asimétrica.
La distinción entre prostitución y economía libidinal
es analíticamente necesaria no para proteger a ninguno de los participantes de
la crítica sino para comprender con mayor precisión qué está ocurriendo. Cuando
el intercambio no involucra dinero, cuando no hay contrato explícito, cuando
los bienes que circulan son de naturaleza heterogénea e inconmensurable, cuando
la relación es iterativa y produce formas de vínculo aunque sean débiles —en
todos esos casos, la categoría de prostitución oscurece más de lo que ilumina.
Se necesitan categorías más finas, y el concepto de economía libidinal es una
de ellas.
La articulación entre juventud y madurez que organiza
estos intercambios no es una perversión del deseo sino su forma histórica
específica en el neoliberalismo. El valor de la juventud como capital corporal
y el valor de la madurez como capital acumulado producen una complementariedad
asimétrica que el deseo recorre con su propia lógica, que no es idéntica a la
del mercado aunque esté mediada por él. Hay en esa lógica formas de
reconocimiento mutuo, de producción de experiencia, de circulación social que
merecen ser reconocidas en su especificidad.
Lo que el encuentro produce —en el mejor de sus casos—
no es solo la satisfacción de un deseo puntual sino la producción de un umbral:
una experiencia de cruce entre mundos, entre posiciones sociales, entre formas
de habitar el tiempo y el espacio. Ese valor de umbral no es menor. En un mundo
social crecientemente segmentado, donde los distintos estratos sociales tienden
a no mezclarse, a no compartir espacios, a no intercambiar miradas —tendencia
que el neoliberalismo intensifica mediante la privatización de los espacios
públicos y la segmentación de los consumos culturales—, los encuentros que
atraviesan esas fronteras tienen un valor que trasciende lo individual.
Norbert Elias (1987) entendía la sociología como la
ciencia de las interdependencias: el esfuerzo por hacer visible la trama de
relaciones que constituye la vida social y que los individuos experimentan como
si fuera su propia naturaleza. Desde esa perspectiva, lo que este ensayo ha
intentado mostrar es que la economía libidinal no es un fenómeno marginal ni
excepcional sino una de las tramas donde la interdependencia social se produce
y reproduce de manera cotidiana, silenciosa y políticamente invisible.
La resistencia, en ese contexto, no puede ser solo la
resistencia al sistema sino la resistencia dentro del sistema: la producción de
formas de encuentro que excedan la lógica de la transacción, que sostengan
alguna versión de reconocimiento mutuo, que mantengan abierta la posibilidad de
la cocina —de ese espacio donde las cosas se preparan antes de salir al mundo y
donde los sujetos pueden estar a medio hacer, sin performance, sin precio. Esa
es la apuesta política que el análisis de la economía libidinal deja sobre la
mesa: no la abolición del deseo mediado por el mercado —eso es imposible dentro
del sistema— sino la apertura de espacios donde algo distinto, todavía sin
nombre, pueda emerger.
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Evolución del concepto “economía libidinal”
A partir del ensayo académico provisto, se presenta a
continuación un análisis detallado sobre las diferencias entre prostitución y
"economía libidinal", el origen y la evolución de este último término
en las ciencias sociales, la conceptualización de diversos autores de
referencia y una bibliografía sugerida para profundizar en el estudio.
1. Diferencias entre Prostitución y "Economía
Libidinal"
El ensayo propone una separación netamente analítica (no
moral) entre ambas categorías para comprender fenómenos cualitativamente
distintos del neoliberalismo tardío:
- Naturaleza
del intercambio: En la prostitución tradicional, el intercambio se
define como explícito, puntual y monetizado (existe un servicio definido,
un precio acordado y dinero directo de por medio). Por el contrario, en la
economía libidinal el intercambio es difuso, iterativo y no monetizado;
no se rige por un contrato mercantil explícito ni hay un precio directo,
sino que circulan accesos (a redes sociales, espacios, recursos
culturales) y presencias (cuerpos, afectos, compañías).
- Temporalidad
y vínculo: La prostitución está orientada al presente y agota el
vínculo en la transacción misma. La economía libidinal opera en una
temporalidad abierta y acumulativa en el tiempo, lo que da lugar a
relaciones débiles o intermitentes pero persistentes (lo que el texto
denomina presencia fantasmática).
- Dinámica
relacional (Figuración): Mientras que las corrientes teóricas clásicas
asumen que en la prostitución hay un contrato claro de compra/venta de
servicios sexuales, en la economía libidinal los sujetos no
"compran" ni "venden" en el sentido estricto. En su
lugar, se insertan en tramas de interdependencia (figuraciones) donde
ambas partes aportan recursos heterogéneos e inconmensurables entre sí
(como el capital corporal juvenil versus el capital socioeconómico
acumulado de la madurez) para obtener beneficios recíprocos.
2. Acuñación y Evolución del término en Sociología
y Antropología
El concepto de "economía libidinal" ha transitado
desde la filosofía posestructuralista hacia su adopción e hibridación en la
sociología, la economía política y la antropología cultural contemporánea:
- Origen
filosófico (Jean-François Lyotard, 1974): El término fue acuñado
originalmente por Lyotard para explicar cómo el capitalismo no solo se
encarga de producir y distribuir mercancías materiales, sino que también
organiza socialmente el deseo como un sistema de consumo y distribución de
intensidades afectivas. Para este autor, la política y la emancipación
deben contemplar de forma intrínseca una política del deseo.
- Evolución
hacia el Trabajo Emocional y Afectivo (Arlie Hochschild, 2003): La
sociología expandió este horizonte analizando cómo las emociones y la
gestión afectiva se comercializan y moldean institucionalmente dentro de
la economía de servicios moderna, transformando la estructura interna de
las subjetividades.
- Economías
eróticas y globalización (Dennis Altman, 2001; Jeffrey Weeks, 2003):
Desde un enfoque socio-antropológico enfocado en las sexualidades
disidentes, el término evolucionó para describir cómo la globalización
erótica estructura sistemas de intercambio transaccionales
intergeneracionales y socioeconómicos. En contextos no occidentales y
periféricos (como el Sudeste Asiático o América Latina), estas dinámicas
demuestran que las asimetrías de edad y recursos organizan mercados de
deseo informales que no se reducen al trabajo sexual tradicional pero que
responden con precisión a lógicas de escasez y valor de cambio simbólico.
3. Autores Citados y Reseña de sus
Conceptualizaciones
El texto articula diversas tradiciones teóricas para dar
soporte al análisis de estos intercambios eróticos y corporales:
- Pierre
Bourdieu (1986, 2000): Introduce las nociones de capital corporal
y dominación simbólica. Postula que el cuerpo (porte, apariencia,
juventud) constituye un conjunto de atributos físicos factibles de ser
movilizados y convertidos en otros bienes (materiales o sociales) dentro
de campos específicos de la vida social.
- Chris
Shilling (2003): Sociólogo que plantea el cuerpo en la modernidad
tardía como un "proyecto" constante de inversión, trabajo y
mejora. En el marco del neoliberalismo, este trabajo corporal es la
condición obligatoria que permite al sujeto insertarse y competir en los
mercados formales e informales del deseo (por ejemplo, mediante
plataformas de citas).
- Maurizio
Lazzarato (2006): Teoriza sobre el trabajo inmaterial,
refiriéndose a las formas de producción contemporáneas que generan
afectos, comunicación, atenciones y relaciones. Dentro de la economía
libidinal, quienes ofrecen su compañía y deseo realizan un trabajo
inmaterial que carece de salario o contrato formal pero modifica
sustancialmente sus trayectorias vitales.
- Norbert
Elias (1987, 1994): Propone el concepto de figuración, el cual
remite a entramados dinámicos de interdependencia social donde los
individuos se constituyen mutuamente. Permite entender los encuentros
asimétricos no como actos individuales aislados, sino como posiciones
relacionales donde la carencia de uno se complementa de forma asimétrica
con el capital del otro.
- Lauren
Berlant (2011): Desarrolla el concepto de optimismo cruel, que
describe el apego afectivo de los sujetos a objetos de deseo o promesas
que en realidad obstaculizan e impiden su propio bienestar y
florecimiento.
- Wendy
Brown (2015): Examina cómo la racionalidad neoliberal extiende el
modelo de la empresa y el cálculo de costo-beneficio a todas las esferas
de la vida, transformando al ser humano en un homo economicus que
evalúa racionalmente sus vínculos íntimos, eróticos y afectivos.
4. Bibliografía para continuar el estudio
De acuerdo con las referencias bibliográficas provistas en
el ensayo, se sugieren los siguientes textos fundamentales para profundizar en
las economías afectivas, el cuerpo como capital y la sociología de la
sexualidad:
- Altman,
D. (2001). Global sex. University of Chicago Press.
(Fundamental para analizar la globalización de las economías eróticas y
las relaciones intergeneracionales en entornos periféricos).
- Berlant, L. (2011). Cruel optimism. Duke
University Press. (Clave para explorar la precariedad afectiva y
los deseos que entrampan a los sujetos contemporáneos).
- Bourdieu, P. (1986). "The forms of capital". En
J. Richardson (Ed.), Handbook of theory and research for the sociology
of education. Greenwood. (Texto seminal para la comprensión de
la reconversión de capitales, aplicable al capital corporal).
- Brown,
W. (2015). Undoing the demos: Neoliberalism's stealth revolution.
Zone Books. (Estudio crítico sobre la colonización de la subjetividad y
los afectos por la racionalidad empresarial).
- Hochschild, A. R. (2003). The managed heart:
Commercialization of human feeling. University of California
Press. (Obra cúspide para estudiar la mercantilización de las emociones y
el trabajo emocional).
- Lyotard,
J.-F. (1974). Économie libidinale. Minuit. (La obra de origen
del concepto desde el prisma de la filosofía posestructuralista francesa).
- Rubin,
G. (1989). "Reflexionando sobre el sexo: Notas para una teoría
radical de la sexualidad". En C. Vance (Ed.), Placer y peligro:
Explorando la sexualidad femenina. Revolución. (Un clásico de la
antropología y los estudios de género sobre las jerarquías eróticas y la
regulación moral del sexo).
- Shilling, C. (2003). The body and social theory. Sage.
(Indispensable para comprender sociológicamente al cuerpo como un proyecto
de inversión en las sociedades actuales).