lunes, 25 de mayo de 2026

Cuerpos en circulación: Economía libidinal, capital corporal y asimetría generacional en el neoliberalismo tardío

 

 

 

 

Cuerpos en circulación:

Economía libidinal, capital corporal y asimetría generacional

en el neoliberalismo tardío

 

 

Ensayo académico

 

 

 

 

Mayo de 2026

 

 

Contenidos:

 

I.Introducción: el encuentro como punto de partida analítico

II.Fundamentos teóricos: cuerpo, mercado y deseo

2.1 El cuerpo como capital: más allá de la metáfora

2.2 La racionalidad neoliberal como organizadora del deseo

III.Prostitución y economía libidinal: una distinción necesaria

3.1 La prostitución en la teoría clásica

3.2 Hacia el concepto de economía libidinal

3.3 La diferencia específica: por qué no es prostitución

IV.Juventud y vejez como categorías de valor en el neoliberalismo

4.1 El valor de la juventud: capital corporal y capital de futuro

4.2 El valor de la madurez: capital acumulado y economía del umbral

4.3 La conexión necesaria: por qué las asimetrías generan circulación

V.Las formas de la presencia: encuentro, performance y silencio

5.1 La presencia fantasmática como categoría analítica

5.2 El silencio como lenguaje de mercado

5.3 La libido mediada: cuando el deseo aprende del mercado

VI.La territorialidad del encuentro: Salta como contexto específico

6.1 Neoliberalismo periférico y economías locales del deseo

6.2 El viaje como figuración: desplazamiento, acceso y circulación

VII.Conclusión: el valor del encuentro y el lugar de la resistencia

Referencias

Evolucióndel concepto “economía libidinal”

1.Diferencias entre Prostitución y "Economía Libidinal"

2.Acuñación y Evolución del término en Sociología y Antropología

3.Autores Citados y Reseña de sus Conceptualizaciones

4.Bibliografía para continuar el estudio

 

 

 

I. Introducción: el encuentro como punto de partida analítico

El presente ensayo toma como punto de partida empírico la descripción de un tipo de encuentro que se repite con frecuencia creciente en los espacios de sociabilidad gay contemporáneos del noroeste argentino: un hombre de mediana edad —profesional, con capital cultural y económico acumulado— recibe en su domicilio a un hombre joven, de alrededor de veinticinco años, contactado a través de una aplicación de citas. El joven trabaja en el sector público municipal, practica deporte de manera sistemática, dispone de escasos recursos económicos propios y posee, en cambio, un capital corporal que utiliza de manera consciente para acceder a mundos, servicios y experiencias que de otro modo le resultarían inaccesibles. El traslado se produce en modalidad moto-Uber. El encuentro incluye dimensiones eróticas, pero se extiende a formas de hospitalidad, intercambio material simbólico y acceso a redes sociales ampliadas. No hay dinero en juego de manera directa. No hay contrato explícito. Hay, sin embargo, una economía.

Esta situación, en apariencia singular o anecdótica, constituye en realidad una manifestación local de procesos estructurales de alcance global. Como ha señalado David Harvey (2005), el neoliberalismo no es solo una política económica sino una racionalidad que reorganiza la totalidad de la vida social —incluyendo la afectiva, la erótica y la relacional— bajo la lógica del mercado. La pregunta que orienta este ensayo es: ¿qué forma toma esa reorganización cuando el objeto de mercado es el cuerpo mismo, y cuando la transacción involucra el deseo en lugar del dinero?

Para responder esta pregunta, el ensayo recorre tres núcleos conceptuales articulados. En primer lugar, examina la distinción entre prostitución —tal como ha sido teorizada por la tradición crítica clásica— y las nuevas formas de economía libidinal que emergen en el capitalismo tardío; distinción que resulta conceptualmente necesaria para evitar reducciones que obturan la comprensión de fenómenos cualitativamente distintos. En segundo lugar, analiza el valor diferencial asignado por el mercado neoliberal a la juventud y a la madurez como categorías encarnadas, productoras de formas específicas de capital y de vulnerabilidad. En tercer lugar, argumenta que entre esas dos condiciones existe no solo una brecha sino también una conexión estructural: una economía de circulación donde lo que unos poseen y otros carecen genera intercambios que el mercado formal no registra pero que el mercado libidinal organiza con precisión.

La perspectiva adoptada es interdisciplinaria. Se moviliza la sociología de Norbert Elias (1987, 1994) en torno a las interdependencias y las figuraciones sociales; la economía política de la sexualidad desarrollada por Gayle Rubin (1989); los desarrollos de Pierre Bourdieu (2000) sobre el capital corporal y la dominación simbólica; las contribuciones de Lynne Segal (1994) y Jeffrey Weeks (1998, 2003) sobre masculinidad, envejecimiento y erotismo; los aportes de Maurizio Lazzarato (2006) sobre el trabajo inmaterial y la producción de subjetividades; y la crítica cultural de Lauren Berlant (2011) sobre el optimismo cruel y la precariedad afectiva. La inscripción territorial es el noroeste argentino, pero los argumentos buscan proyección hacia la condición neoliberal como horizonte global.

 

II. Fundamentos teóricos: cuerpo, mercado y deseo

2.1 El cuerpo como capital: más allá de la metáfora

Pierre Bourdieu introdujo el concepto de capital corporal para referirse al conjunto de atributos físicos —apariencia, porte, salud, habilidades motoras— que los agentes sociales pueden movilizar en los distintos campos de la vida social (Bourdieu, 1986). Lo que interesa para el análisis que aquí se propone es la extensión de esa categoría al campo de los intercambios eróticos y afectivos. El cuerpo joven, en particular el cuerpo masculino joven inscripto en una cultura de entrenamiento físico sistemático, acumula un tipo de capital cuya convertibilidad en otros bienes —sociales, simbólicos, materiales— está históricamente mediada pero que el neoliberalismo ha intensificado y formalizado de maneras inéditas.

Chris Shilling (2003), desarrollando la perspectiva bourdieusiana, argumenta que en las sociedades contemporáneas el cuerpo se ha convertido en un proyecto: un objeto de trabajo, inversión y mejora permanente orientado a producir valor en mercados tanto formales como informales. El individuo neoliberal es, en buena medida, un individuo que trabaja sobre su cuerpo como condición de posibilidad de sus intercambios sociales. Esta lógica alcanza al mercado erótico con particular intensidad: la aplicación de citas no solo media encuentros sino que los clasifica, jerarquiza y evalúa mediante una lógica de perfil —fotografía, descripción, edad, peso, altura— que reproduce la estructura del mercado laboral en el dominio del deseo.

Mike Featherstone (1991) denominó cultura del consumo al régimen cultural que articula imagen corporal, valor de mercado y construcción identitaria. En esa cultura, el cuerpo no es solo un instrumento sino también un signo: significa estatus, pertenencia, mérito. El cuerpo entrenado del joven que usa sus recursos eróticos para moverse en mundos sociales de difícil acceso no realiza una transacción puramente económica; realiza también una operación de distinción y de construcción de sí mismo como sujeto capaz de circular en circuitos sociales heterogéneos. Esa dimensión simbólica es constitutiva y no puede reducirse a la lógica del intercambio mercantil puro.

2.2 La racionalidad neoliberal como organizadora del deseo

Wendy Brown (2015) ha argumentado que la racionalidad neoliberal opera mediante la extensión del modelo empresarial a todos los dominios de la existencia, incluyendo aquellos que históricamente se constituían como esferas separadas del mercado: la familia, la amistad, el amor, el cuidado. El sujeto neoliberal es un homo economicus que calcula costos y beneficios en cada dimensión de su vida, incluyendo la erótica. Esta no es una descripción psicológica de intenciones individuales sino una descripción estructural de los marcos de inteligibilidad dentro de los cuales las personas toman decisiones y les asignan sentido.

Foucault (1976, 1994) ya había trazado las condiciones de posibilidad de este análisis al mostrar que la sexualidad es históricamente producida: no hay un erotismo natural que el mercado distorsiona, sino formas históricamente específicas de organizar, clasificar y valorizar los deseos y los cuerpos. El mercado neoliberal no corrompe una sexualidad pura; produce nuevas formas de sexualidad que son inteligibles dentro de su propia lógica. Las aplicaciones de citas no son una degeneración del amor romántico; son un nuevo dispositivo de producción y circulación del deseo que tiene su propia racionalidad, sus propios placeres y sus propias formas de sufrimiento.

Maurizio Lazzarato (2006) ofrece herramientas adicionales al introducir el concepto de trabajo inmaterial para referirse a las formas de producción contemporánea que involucran afecto, comunicación, relación y subjetividad. El trabajador inmaterial produce no solo bienes sino relaciones, atenciones, presencias. El sujeto que ofrece su cuerpo, su compañía y su deseo en intercambios eróticos asimétricos realiza una forma de trabajo inmaterial que el mercado no reconoce como tal —no hay salario, no hay contrato— pero que tiene efectos reales sobre las trayectorias vitales de quienes lo realizan.

 

III. Prostitución y economía libidinal: una distinción necesaria

3.1 La prostitución en la teoría clásica

La prostitución ha sido uno de los temas más debatidos en la teoría social y feminista desde el siglo XIX. En la tradición marxista clásica, fue analizada por Friedrich Engels (1884) como expresión paradigmática de la cosificación capitalista: la reducción del cuerpo humano —y en particular del cuerpo femenino— a mercancía, a valor de cambio. En esa lectura, la prostitución es la versión más transparente, más explícita, de la lógica que el capitalismo aplica a todos los cuerpos que se ven obligados a venderse para sobrevivir. Emma Goldman (1910), desde el anarquismo, extendió el argumento: el matrimonio burgués y la prostitución serían variantes del mismo fenómeno, el intercambio del cuerpo femenino por seguridad económica, con la diferencia de que la prostituta al menos recibe un pago directo.

En el siglo XX, la teoría feminista radical —representada por figuras como Kathleen Barry (1979), Andrea Dworkin (1981) y Catharine MacKinnon (1989)— consolidó una lectura de la prostitución como violencia estructural: un sistema de explotación patriarcal donde la demanda masculina instrumentaliza el cuerpo femenino y donde el consentimiento, cuando existe, es el resultado de condiciones socioeconómicas que lo vician. En esta perspectiva, no hay prostitución voluntaria en sentido pleno: hay mujeres que, bajo condiciones de desigualdad estructural, no tienen opciones mejores.

Una perspectiva crítica de esa posición fue elaborada por el feminismo de las trabajadoras sexuales, con figuras como Carol Leigh (1978), que acuñó el término sex work, y organizaciones como COYOTE en los Estados Unidos o Red Umbrellas en Europa. Desde esta perspectiva, la prostitución puede ser una actividad laboral elegida —en condiciones más o menos favorables— y su criminalización o estigmatización daña más que protege a quienes la ejercen. Gayle Rubin (1989) ofreció el marco teórico más influyente de esta posición al argumentar que la jerarquía erótica de las sociedades occidentales condena ciertas prácticas sexuales —incluyendo el sexo comercial— no por razones de daño sino por razones de moral normativa disfrazada de protección.

Lo que estas perspectivas —aun en su mutua contradicción— tienen en común es que definen la prostitución por la presencia de dinero como medio de intercambio directo, por la oferta explícita de servicios sexuales y por la asimetría de poder entre quien compra y quien vende. Son esos tres elementos los que permiten distinguirla conceptualmente de otras formas de intercambio erótico que también involucran asimetría pero que no funcionan bajo la lógica del contrato mercantil explícito.

3.2 Hacia el concepto de economía libidinal

El término economía libidinal aparece en la filosofía de Jean-François Lyotard (1974), quien lo usó para referirse a la organización social del deseo como sistema de producción, distribución y consumo de intensidades afectivas. Lyotard buscaba mostrar que el capitalismo no solo organiza la producción de mercancías sino también la producción de deseos: qué se desea, cómo se desea, en qué formatos y con qué costos. Si el capitalismo es, entre otras cosas, una economía libidinal, entonces la política de la emancipación debe incluir una política del deseo.

Más recientemente, el concepto ha sido retomado por autores como Arlie Hochschild (2003), cuyo trabajo sobre el trabajo emocional mostró que en la economía de servicios contemporánea las emociones mismas son producidas, gestionadas y comercializadas; por Lynne Segal (1994), que analizó las economías del placer masculino en relación con la masculinidad y el poder; y por Dennis Altman (2001), que examinó las economías eróticas que estructuran la sexualidad gay global.

Para los propósitos de este ensayo, se propone entender por economía libidinal el conjunto de intercambios —de bienes, servicios, accesos, afectos, presencias, cuerpos— que circulan organizados por la lógica del deseo y que no adoptan la forma del contrato mercantil explícito pero que tampoco son ajenos a la lógica del valor, la escasez y la distribución desigual. La economía libidinal neoliberal es el campo donde el deseo opera como trabajo no remunerado, donde el cuerpo funciona como capital y donde la asimetría entre quienes tienen capital económico y quienes tienen capital corporal genera circuitos de intercambio que el mercado formal no registra pero que producen efectos reales y medibles sobre las trayectorias vitales de los participantes.

3.3 La diferencia específica: por qué no es prostitución

La distinción entre prostitución y economía libidinal no es valorativa —no implica que una sea moralmente superior a la otra— sino analítica: refiere a diferencias en la estructura del intercambio que tienen consecuencias para su comprensión. En la prostitución clásicamente definida, el intercambio es explícito, puntual y monetizado: hay un servicio definido, hay un precio acordado, hay una transacción que agota el vínculo. En la economía libidinal, el intercambio es difuso, iterativo y no monetizado: no hay precio, no hay servicio definido, no hay transacción que agote el vínculo. Lo que circula son accesos —a redes sociales, a espacios, a recursos culturales, a experiencias— y presencias —cuerpos, afectos, compañías— cuyo valor no es calculable en términos monetarios directos pero cuya utilidad es real para ambas partes.

Norbert Elias (1987, 1994) ofrece aquí una perspectiva especialmente fértil. Su concepto de figuración refiere a la configuración dinámica de interdependencias que constituye cualquier formación social. Las relaciones de las que hablamos no son diádicas en el sentido simple —un actor que da y otro que recibe— sino figuraciones donde ambas partes están mutuamente constituidas por la relación y donde los recursos que cada uno aporta son heterogéneos e inconmensurables entre sí. El hombre maduro con capital cultural y económico no compra; el hombre joven con capital corporal no vende. Ambos aportan algo que el otro no tiene y ambos obtienen algo que de otro modo les sería difícilmente accesible. Esa estructura de interdependencia asimétrica es constitutiva de la relación pero no la agota en la lógica del contrato.

Una distinción adicional, de orden fenomenológico, es la temporalidad. La prostitución, tal como ha sido conceptualizada por la teoría clásica, es una relación orientada al presente: el intercambio se completa en la transacción. La economía libidinal, en cambio, opera en una temporalidad iterativa y abierta: el encuentro no agota la relación, la relación no agota los posibles encuentros, y los intercambios se acumulan en el tiempo produciendo formas de vínculo —débiles, intermitentes, pero reales— que no son reductibles a la transacción puntual. Es esa acumulación iterativa la que produce lo que aquí se llama presencia fantasmática: la figura del otro que reaparece y se desvanece siguiendo lógicas propias, que habita el campo libidinal de manera discontinua pero persistente.

 

IV. Juventud y vejez como categorías de valor en el neoliberalismo

4.1 El valor de la juventud: capital corporal y capital de futuro

El neoliberalismo ha producido una reorganización radical de los valores asociados a las distintas etapas de la vida. Como ha argumentado Zygmunt Bauman (2000), la modernidad líquida caracteriza el tiempo presente por la velocidad del cambio, la obsolescencia de lo acumulado y la valorización del presente sobre el pasado. En ese contexto, la juventud —entendida no solo como condición biológica sino como valor cultural y económico— ocupa un lugar privilegiado que trasciende ampliamente el campo de la sexualidad.

El cuerpo joven posee lo que Shilling (2003) llama capital corporal en su forma más líquida: convertible, disponible, no depreciado. En el campo del trabajo, esto se traduce en la preferencia estructural por trabajadores jóvenes, más adaptables a las condiciones cambiantes del mercado laboral flexible. En el campo del consumo, se traduce en la identificación de la juventud como el segmento más deseable para las industrias culturales y publicitarias. En el campo erótico, se traduce en la jerarquización del cuerpo joven como objeto privilegiado del deseo —jerarquía que atraviesa géneros y orientaciones sexuales pero que adopta formas específicas en los distintos subcampos de la sexualidad.

Para el hombre joven de clase trabajadora o media baja, el capital corporal es con frecuencia el recurso de acceso más inmediatamente disponible para circular en campos sociales a los que otros capitales —económico, cultural, social heredado— no le permiten acceder. La investigación de Jeffrey Weeks (2003) sobre masculinidades y sexualidad en contextos de desigualdad muestra cómo los hombres jóvenes aprenden a usar estratégicamente su presencia física, su atractivo y su sexualidad como formas de movilidad social y simbólica. Eso no es, en ningún sentido directo, prostitución; es la utilización de un capital disponible en un campo donde ese capital tiene valor.

Existe, sin embargo, una paradoja constitutiva del capital corporal juvenil: su depreciación inevitable. A diferencia del capital económico o del capital cultural, el capital corporal —especialmente en su forma erótica— tiene una curva de depreciación acelerada que el mercado neoliberal hace más visible y más cruel. La industria del fitness, los dispositivos cosméticos y médicos de rejuvenecimiento, las cirugías estéticas son todos síntomas de esa presión: intentos de retardar una depreciación que el mercado vuelve socialmente catastrófica. Como ha señalado Susan Sontag (1972) en su análisis del doble estándar del envejecimiento, la sociedad contemporánea castiga el envejecimiento de manera diferencial según el género, pero la cultura neoliberal ha extendido esa sanción a un espectro más amplio de sujetos.

4.2 El valor de la madurez: capital acumulado y economía del umbral

Si la juventud es valorizada por su capital corporal y su capital de futuro —la promesa de lo que vendrá—, la madurez es valorizada, cuando lo es, por su capital acumulado: económico, cultural, social, experiencial. En el campo laboral, esto se traduce en la expertise, la red de contactos, el historial de realizaciones. En el campo erótico, se traduce en capacidades que no son inmediatamente visibles pero que tienen valor de uso real: la capacidad de crear contextos, de proporcionar experiencias, de ofrecer hospitalidad, de circular en mundos que el joven desea explorar pero a los que no tiene acceso propio.

Esta asimetría —el joven tiene capital corporal, el maduro tiene capital acumulado— no produce una relación de equivalencia sino una relación de complementariedad asimétrica que es precisamente el motor de la economía libidinal. Lo que el maduro ofrece no puede ser simplemente comprado por el joven en el mercado formal, y lo que el joven ofrece no puede ser simplemente producido por el maduro a través del trabajo. Hay una incompletitud estructural en ambas posiciones que genera el deseo como tracción: el deseo de lo que uno no tiene y el otro sí.

El análisis de Dennis Altman (2001) sobre la globalización de la sexualidad gay ofrece una perspectiva comparativa valiosa. Altman observa que en numerosos contextos no occidentales existen formas establecidas de intercambio erótico-afectivo entre hombres de distintas generaciones y posiciones sociales que no adoptan la forma de la prostitución pero que tampoco son ajenas a la economía. Lo que él llama el sistema de los clientes —en el Sudeste Asiático, en América Latina, en partes de África— involucra relaciones donde la diferencia generacional, económica y de capital social estructura intercambios que son mutuamente beneficiosos aunque asimétricamente distribuidos.

En el contexto argentino contemporáneo, con su particular combinación de crisis económica estructural, expansión de las aplicaciones de citas y debilitamiento de las instituciones comunitarias gay, este tipo de intercambio adopta formas específicas que vale la pena analizar en su singularidad. La aplicación de citas no solo conecta sino que opera como mercado: produce visibilidad, asigna valor, facilita el encuentro entre ofertas y demandas que de otro modo permanecerían invisibles entre sí. La plataforma es, en ese sentido, la infraestructura técnica de la economía libidinal.

4.3 La conexión necesaria: por qué las asimetrías generan circulación

Uno de los argumentos centrales de este ensayo es que la brecha entre juventud y madurez, lejos de ser un obstáculo para el intercambio, es su condición de posibilidad. No hay economía libidinal entre iguales —o al menos, no de este tipo— porque el intercambio requiere la diferencia: la diferencia de capitales, de recursos, de posiciones en el campo social. Es esa diferencia la que produce la tracción del deseo y la que hace posible el intercambio.

Norbert Elias (1994) describe las figuraciones sociales como configuraciones de interdependencias donde los distintos nodos de la red dependen unos de otros de maneras que no son simétricas ni equivalentes pero que son mutuamente constitutivas. Aplicado a la economía libidinal, esto significa que el joven y el maduro no son simplemente dos individuos que se encuentran: son posiciones en una figuración donde cada uno necesita algo que el otro tiene y donde esa necesidad produce la relación y la relación produce a los sujetos en sus posiciones.

Lauren Berlant (2011) ofrece aquí un complemento crítico necesario. Su concepto de optimismo cruel refiere a la forma en que los sujetos se adhieren a objetos de deseo que en realidad bloquean su florecimiento. La economía libidinal puede producir formas de optimismo cruel en ambos participantes: el joven que cree estar acumulando capital social cuando en realidad está invirtiendo un capital corporal que se deprecia; el maduro que cree estar ofreciendo experiencia y apertura de mundos cuando en realidad está utilizando su posición de poder para diferir el reconocimiento de su propia finitud. No hay villanos en esta estructura, pero tampoco hay inocentes: hay sujetos atrapados en una figuración que los excede y que el mercado organiza a espaldas de sus intenciones.

 

V. Las formas de la presencia: encuentro, performance y silencio

5.1 La presencia fantasmática como categoría analítica

El encuentro descrito en la situación empírica de partida se caracteriza por una asimetría en la temporalidad de la presencia: uno de los participantes llega con contundencia física y se retira sin rastro, sin señal de continuidad, sin producción de vínculo durable. Esta forma de presencia —intensa en el momento, evanescente en la posteridad— es lo que aquí se propone llamar presencia fantasmática. No es una patología individual ni un déficit de habilidades relacionales; es una forma de ser-en-la-relación que el mercado neoliberal ha producido y que las aplicaciones de citas han institucionalizado.

Zygmunt Bauman (2003) describió las relaciones líquidas de la modernidad tardía como conexiones que los individuos mantienen constantemente a punto de ser disueltas: relaciones de bolsillo, disponibles para ser usadas y guardadas según convenga. El dispositivo técnico de la aplicación hace eso literalmente posible: el perfil se abre, se cierra, se bloquea, se desbloquea con la facilidad de una notificación. La presencia y la ausencia son simétricamente fáciles, lo cual tiene consecuencias sobre la estructura afectiva de los vínculos que produce.

Anthony Giddens (1992) había anticipado parte de este análisis con su concepto de relación pura: la relación moderna que se sostiene solo mientras proporciona satisfacción a ambas partes y que puede ser disuelto cuando deja de hacerlo. La relación pura libera de las obligaciones tradicionales pero también despoja de las seguridades que esas obligaciones proporcionaban. En el campo erótico neoliberal, la relación pura adopta su forma más extrema: la conexión que dura exactamente lo que dura la presencia física y que no produce compromisos sobre lo que vendrá después.

Lo que resulta analíticamente interesante no es el sufrimiento que esta estructura puede producir —ese es real pero no es el único efecto posible— sino la manera en que transforma la subjetividad de los participantes. El sujeto que repite estos encuentros no solo experimenta un tipo de relación; aprende a desear de cierta manera, aprende qué esperar y qué no esperar, aprende a regular su propio afecto en función de la estructura disponible. Como señala Hochschild (2003) respecto del trabajo emocional, la gestión repetida de ciertos estados afectivos transforma eventualmente la estructura emocional del sujeto: no solo se adapta a las condiciones sino que llega a desear lo que las condiciones ofrecen.

5.2 El silencio como lenguaje de mercado

En la situación empírica descrita, la ausencia de comunicación posterior al encuentro —la no producción de texto, de señal, de reconocimiento— es descrita como silencio, y ese silencio es experimentado como dolor. Vale la pena examinar ese silencio no como ausencia sino como presencia de algo: como el lenguaje específico que el mercado libidinal ha producido para comunicar el fin de la transacción.

En el mercado de trabajo formal, cuando un empleador decide no renovar un contrato, comunica esa decisión mediante procedimientos institucionalizados —carta, notificación, finiquito— que, aunque puedan ser dolorosos, reconocen la existencia de la relación y la dignidad de quien la ha sostenido. En el mercado libidinal neoliberal, no hay procedimiento institucionalizado de cierre: la relación termina por evaporación, por desaparición del perfil, por no-respuesta. El silencio no es una falla de comunicación; es la comunicación misma. Y lo que comunica es que la transacción ha concluido y que no hay deuda de reconocimiento.

Judith Butler (2004) analizó el concepto de precariedad como la condición de los sujetos cuya vida no es reconocida como plenamente grievable —como digna de duelo— por los marcos culturales dominantes. El sujeto que experimenta el silencio posterior al encuentro se encuentra en una posición análoga: no espera reconocimiento porque el marco cultural del encuentro no lo prevé. Ha aprendido a no pedir lo que el mercado no ofrece. Esa adaptación es funcional para la supervivencia afectiva en el corto plazo pero tiene costos estructurales sobre la capacidad de sostener vínculos de mayor complejidad.

5.3 La libido mediada: cuando el deseo aprende del mercado

Uno de los argumentos más incómodos que emerge del análisis es que la economía libidinal no solo organiza los intercambios entre sujetos preexistentes: produce los sujetos mismos en sus formas de desear. El sujeto que ha interactuado repetidamente con el mercado libidinal neoliberal —a través de aplicaciones, de encuentros transaccionales, de presencias fantasmáticas— ha aprendido a desear de cierta manera. Ha interiorizado la velocidad, la disponibilidad, la discontinuidad como condiciones normales del deseo. Ha adaptado su libido a la estructura del mercado.

Esto es lo que Foucault (1994) llamaría la producción de subjetividades a través del dispositivo: no hay una sexualidad natural que el mercado distorsiona, sino formas históricamente específicas de deseo que el dispositivo —en este caso, la aplicación de citas en el contexto neoliberal— produce. El deseo que encuentra en el encuentro instantáneo su forma satisfactoria no es un deseo degradado respecto de una versión más auténtica; es un deseo históricamente producido que tiene su propia racionalidad.

Pero esa producción tiene límites. Hay algo en los sujetos que el mercado no logra completamente formatear: la capacidad de reconocer la diferencia entre lo que el mercado ofrece y lo que el deseo, en algún nivel, todavía busca. La persistencia del dolor ante el silencio, la capacidad de reconocer que hay una cocina de la intimidad a la que no se accede —incluso cuando se ha aprendido a no pedirla— señala un resto que el mercado no consigue capturar completamente. Ese resto es, en términos de la crítica cultural, el lugar donde la resistencia se vuelve posible.

 

VI. La territorialidad del encuentro: Salta como contexto específico

6.1 Neoliberalismo periférico y economías locales del deseo

El análisis desarrollado hasta aquí ha buscado articular argumentos de alcance general con una situación empírica específicamente localizada en el noroeste argentino. Esa localización no es accidental: los procesos globales del neoliberalismo adoptan formas particulares según las condiciones históricas, económicas y culturales de cada territorio. La provincia de Salta, con su estructura social marcada por profundas desigualdades de clase, por la persistencia de jerarquías étnicas y de género heredadas del orden colonial, por una economía que combina sectores primarios con un sector público de empleo significativo y con una economía informal de gran peso, constituye un contexto específico donde las economías libidinales adoptan formas que merecen análisis situado.

El empleo publico provincial y municipal —uno de los pocos sectores que ofrece estabilidad relativa a sectores populares con calificación media— es, en el contexto salteño, una posición social que combina cierta seguridad con limitaciones severas de movilidad económica ascendente. El joven que trabaja en la municipalidad, practica deporte sistemáticamente y usa las aplicaciones de citas para acceder a redes sociales más amplias está navegando esas limitaciones con los recursos disponibles. Su estrategia no es excepcional: es una respuesta racional a una estructura de oportunidades específica.

Jaime Llambí (2015) y otros investigadores de las sociologías del norte argentino han documentado cómo las ciudades intermedias como Salta combinan características metropolitanas —expansión de economías de servicios, penetración de tecnologías digitales, diversificación cultural— con estructuras de desigualdad propias de economías periféricas: concentración del capital, informalidad laboral, persistencia de redes clientelares. Las economías libidinales que emergen en ese contexto son producto de esa combinación: adoptan las formas técnicas globales —la aplicación, el perfil, el match— pero se insertan en relaciones sociales locales cuya lógica es específica.

6.2 El viaje como figuración: desplazamiento, acceso y circulación

El detalle aparentemente menor del desplazamiento en moto-Uber merece análisis. La economía de plataformas que ha transformado el transporte urbano en Argentina —con particular intensidad en ciudades como Salta, donde la oferta de transporte público es deficitaria— ha producido una infraestructura de movilidad que es también una infraestructura de acceso social. El joven que viaja en moto-Uber no solo se transporta: accede a un servicio que le permite circular en espacios y momentos que de otro modo serían inaccesibles por razones económicas o logísticas.

En el análisis de David Wachsmuth y Alexander Weisler (2018) sobre las plataformas de economía colaborativa y la producción de espacio urbano, hay un argumento aplicable aquí: las plataformas no son neutrales respecto de las estructuras sociales preexistentes sino que las amplifican y transforman, produciendo nuevas formas de acceso y nuevas formas de exclusión. La moto-Uber que lleva al joven a la casa del maduro es un nodo en una red de infraestructuras —técnicas, económicas, eróticas— que articulan la economía libidinal local.

El trayecto mismo —de la periferia al centro, de la restricción a la amplitud— puede leerse como una figuración condensada del movimiento social que la economía libidinal promete y en parte produce. No es un movimiento ascendente en el sentido tradicional —no hay riqueza que se transfiere, no hay título que se adquiere— pero hay circulación, hay acceso, hay experiencia de mundos que de otro modo permanecerían cerrados. Esa experiencia tiene valor y produce efectos sobre la subjetividad del joven que la transita.

 

VII. Conclusión: el valor del encuentro y el lugar de la resistencia

El análisis desarrollado a lo largo de este ensayo ha buscado mostrar que los encuentros eróticos que involucran asimetría generacional y económica en el contexto neoliberal tardío no son reductibles a la categoría de prostitución tal como la ha definido la teoría clásica, ni son fenómenos sociológicamente transparentes o éticamente neutros. Son, en cambio, expresiones locales de procesos estructurales globales: la organización del deseo bajo la lógica del mercado, la producción de subjetividades adaptadas a la velocidad y la discontinuidad, la distribución desigual de capitales que genera circulación asimétrica.

La distinción entre prostitución y economía libidinal es analíticamente necesaria no para proteger a ninguno de los participantes de la crítica sino para comprender con mayor precisión qué está ocurriendo. Cuando el intercambio no involucra dinero, cuando no hay contrato explícito, cuando los bienes que circulan son de naturaleza heterogénea e inconmensurable, cuando la relación es iterativa y produce formas de vínculo aunque sean débiles —en todos esos casos, la categoría de prostitución oscurece más de lo que ilumina. Se necesitan categorías más finas, y el concepto de economía libidinal es una de ellas.

La articulación entre juventud y madurez que organiza estos intercambios no es una perversión del deseo sino su forma histórica específica en el neoliberalismo. El valor de la juventud como capital corporal y el valor de la madurez como capital acumulado producen una complementariedad asimétrica que el deseo recorre con su propia lógica, que no es idéntica a la del mercado aunque esté mediada por él. Hay en esa lógica formas de reconocimiento mutuo, de producción de experiencia, de circulación social que merecen ser reconocidas en su especificidad.

Lo que el encuentro produce —en el mejor de sus casos— no es solo la satisfacción de un deseo puntual sino la producción de un umbral: una experiencia de cruce entre mundos, entre posiciones sociales, entre formas de habitar el tiempo y el espacio. Ese valor de umbral no es menor. En un mundo social crecientemente segmentado, donde los distintos estratos sociales tienden a no mezclarse, a no compartir espacios, a no intercambiar miradas —tendencia que el neoliberalismo intensifica mediante la privatización de los espacios públicos y la segmentación de los consumos culturales—, los encuentros que atraviesan esas fronteras tienen un valor que trasciende lo individual.

Norbert Elias (1987) entendía la sociología como la ciencia de las interdependencias: el esfuerzo por hacer visible la trama de relaciones que constituye la vida social y que los individuos experimentan como si fuera su propia naturaleza. Desde esa perspectiva, lo que este ensayo ha intentado mostrar es que la economía libidinal no es un fenómeno marginal ni excepcional sino una de las tramas donde la interdependencia social se produce y reproduce de manera cotidiana, silenciosa y políticamente invisible.

La resistencia, en ese contexto, no puede ser solo la resistencia al sistema sino la resistencia dentro del sistema: la producción de formas de encuentro que excedan la lógica de la transacción, que sostengan alguna versión de reconocimiento mutuo, que mantengan abierta la posibilidad de la cocina —de ese espacio donde las cosas se preparan antes de salir al mundo y donde los sujetos pueden estar a medio hacer, sin performance, sin precio. Esa es la apuesta política que el análisis de la economía libidinal deja sobre la mesa: no la abolición del deseo mediado por el mercado —eso es imposible dentro del sistema— sino la apertura de espacios donde algo distinto, todavía sin nombre, pueda emerger.

 

 

 

Referencias

Altman, D. (2001). Sexo global (Global sex). University of Chicago Press.

Barry, K. (1979). Esclavitud sexual femenina (Female sexual slavery). Prentice-Hall.

Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida (Liquid modernity). Polity Press.

Bauman, Z. (2003). Amor líquido: Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos (Liquid love: On the frailty of human bonds). Polity Press.

Berlant, L. (2011). Optimismo cruel (Cruel optimism). Duke University Press.

Bourdieu, P. (1986). "Las formas del capital" ("The forms of capital"). En J. Richardson (Ed.), Manual de teoría e investigación para la sociología de la educación (Handbook of theory and research for the sociology of education) (pp. 241–258). Greenwood.

Bourdieu, P. (2000). La dominación masculina. Anagrama. (Publicado originalmente en francés)

Brown, W. (2015). Deshaciendo el demos: La revolución sigilosa del neoliberalismo (Undoing the demos: Neoliberalism's stealth revolution). Zone Books.

Butler, J. (2004). Vida precaria: El poder del duelo y la violencia (Precarious life: The powers of mourning and violence). Verso.

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Evolución del concepto “economía libidinal”

A partir del ensayo académico provisto, se presenta a continuación un análisis detallado sobre las diferencias entre prostitución y "economía libidinal", el origen y la evolución de este último término en las ciencias sociales, la conceptualización de diversos autores de referencia y una bibliografía sugerida para profundizar en el estudio.

 

1. Diferencias entre Prostitución y "Economía Libidinal"

El ensayo propone una separación netamente analítica (no moral) entre ambas categorías para comprender fenómenos cualitativamente distintos del neoliberalismo tardío:

 

  • Naturaleza del intercambio: En la prostitución tradicional, el intercambio se define como explícito, puntual y monetizado (existe un servicio definido, un precio acordado y dinero directo de por medio). Por el contrario, en la economía libidinal el intercambio es difuso, iterativo y no monetizado; no se rige por un contrato mercantil explícito ni hay un precio directo, sino que circulan accesos (a redes sociales, espacios, recursos culturales) y presencias (cuerpos, afectos, compañías).
  • Temporalidad y vínculo: La prostitución está orientada al presente y agota el vínculo en la transacción misma. La economía libidinal opera en una temporalidad abierta y acumulativa en el tiempo, lo que da lugar a relaciones débiles o intermitentes pero persistentes (lo que el texto denomina presencia fantasmática).
  • Dinámica relacional (Figuración): Mientras que las corrientes teóricas clásicas asumen que en la prostitución hay un contrato claro de compra/venta de servicios sexuales, en la economía libidinal los sujetos no "compran" ni "venden" en el sentido estricto. En su lugar, se insertan en tramas de interdependencia (figuraciones) donde ambas partes aportan recursos heterogéneos e inconmensurables entre sí (como el capital corporal juvenil versus el capital socioeconómico acumulado de la madurez) para obtener beneficios recíprocos.

 

2. Acuñación y Evolución del término en Sociología y Antropología

El concepto de "economía libidinal" ha transitado desde la filosofía posestructuralista hacia su adopción e hibridación en la sociología, la economía política y la antropología cultural contemporánea:

 

  1. Origen filosófico (Jean-François Lyotard, 1974): El término fue acuñado originalmente por Lyotard para explicar cómo el capitalismo no solo se encarga de producir y distribuir mercancías materiales, sino que también organiza socialmente el deseo como un sistema de consumo y distribución de intensidades afectivas. Para este autor, la política y la emancipación deben contemplar de forma intrínseca una política del deseo.
  2. Evolución hacia el Trabajo Emocional y Afectivo (Arlie Hochschild, 2003): La sociología expandió este horizonte analizando cómo las emociones y la gestión afectiva se comercializan y moldean institucionalmente dentro de la economía de servicios moderna, transformando la estructura interna de las subjetividades.
  3. Economías eróticas y globalización (Dennis Altman, 2001; Jeffrey Weeks, 2003): Desde un enfoque socio-antropológico enfocado en las sexualidades disidentes, el término evolucionó para describir cómo la globalización erótica estructura sistemas de intercambio transaccionales intergeneracionales y socioeconómicos. En contextos no occidentales y periféricos (como el Sudeste Asiático o América Latina), estas dinámicas demuestran que las asimetrías de edad y recursos organizan mercados de deseo informales que no se reducen al trabajo sexual tradicional pero que responden con precisión a lógicas de escasez y valor de cambio simbólico.

 

3. Autores Citados y Reseña de sus Conceptualizaciones

El texto articula diversas tradiciones teóricas para dar soporte al análisis de estos intercambios eróticos y corporales:

 

  • Pierre Bourdieu (1986, 2000): Introduce las nociones de capital corporal y dominación simbólica. Postula que el cuerpo (porte, apariencia, juventud) constituye un conjunto de atributos físicos factibles de ser movilizados y convertidos en otros bienes (materiales o sociales) dentro de campos específicos de la vida social.
  • Chris Shilling (2003): Sociólogo que plantea el cuerpo en la modernidad tardía como un "proyecto" constante de inversión, trabajo y mejora. En el marco del neoliberalismo, este trabajo corporal es la condición obligatoria que permite al sujeto insertarse y competir en los mercados formales e informales del deseo (por ejemplo, mediante plataformas de citas).
  • Maurizio Lazzarato (2006): Teoriza sobre el trabajo inmaterial, refiriéndose a las formas de producción contemporáneas que generan afectos, comunicación, atenciones y relaciones. Dentro de la economía libidinal, quienes ofrecen su compañía y deseo realizan un trabajo inmaterial que carece de salario o contrato formal pero modifica sustancialmente sus trayectorias vitales.
  • Norbert Elias (1987, 1994): Propone el concepto de figuración, el cual remite a entramados dinámicos de interdependencia social donde los individuos se constituyen mutuamente. Permite entender los encuentros asimétricos no como actos individuales aislados, sino como posiciones relacionales donde la carencia de uno se complementa de forma asimétrica con el capital del otro.
  • Lauren Berlant (2011): Desarrolla el concepto de optimismo cruel, que describe el apego afectivo de los sujetos a objetos de deseo o promesas que en realidad obstaculizan e impiden su propio bienestar y florecimiento.
  • Wendy Brown (2015): Examina cómo la racionalidad neoliberal extiende el modelo de la empresa y el cálculo de costo-beneficio a todas las esferas de la vida, transformando al ser humano en un homo economicus que evalúa racionalmente sus vínculos íntimos, eróticos y afectivos.

 

4. Bibliografía para continuar el estudio

De acuerdo con las referencias bibliográficas provistas en el ensayo, se sugieren los siguientes textos fundamentales para profundizar en las economías afectivas, el cuerpo como capital y la sociología de la sexualidad:

 

  • Altman, D. (2001). Global sex. University of Chicago Press. (Fundamental para analizar la globalización de las economías eróticas y las relaciones intergeneracionales en entornos periféricos).
  • Berlant, L. (2011). Cruel optimism. Duke University Press. (Clave para explorar la precariedad afectiva y los deseos que entrampan a los sujetos contemporáneos).
  • Bourdieu, P. (1986). "The forms of capital". En J. Richardson (Ed.), Handbook of theory and research for the sociology of education. Greenwood. (Texto seminal para la comprensión de la reconversión de capitales, aplicable al capital corporal).
  • Brown, W. (2015). Undoing the demos: Neoliberalism's stealth revolution. Zone Books. (Estudio crítico sobre la colonización de la subjetividad y los afectos por la racionalidad empresarial).
  • Hochschild, A. R. (2003). The managed heart: Commercialization of human feeling. University of California Press. (Obra cúspide para estudiar la mercantilización de las emociones y el trabajo emocional).
  • Lyotard, J.-F. (1974). Économie libidinale. Minuit. (La obra de origen del concepto desde el prisma de la filosofía posestructuralista francesa).
  • Rubin, G. (1989). "Reflexionando sobre el sexo: Notas para una teoría radical de la sexualidad". En C. Vance (Ed.), Placer y peligro: Explorando la sexualidad femenina. Revolución. (Un clásico de la antropología y los estudios de género sobre las jerarquías eróticas y la regulación moral del sexo).
  • Shilling, C. (2003). The body and social theory. Sage. (Indispensable para comprender sociológicamente al cuerpo como un proyecto de inversión en las sociedades actuales).

 

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